„Para mí una virgen es como un auto nuevo”

Consideraciones sobre la sexualidad en Cuba

Desde el año 1959, en la sociedad cubana se vienen produciendo cambios profundos que abarcan todos los terrenos de la vida. Se están desplegando  esfuerzos enérgicos por lograr transformaciones de conciencia y conducta trascendentales también en el terreno de la sexualidad. Estos esfuerzos tienen como objetivo modificar las actitudes existentes en lo relacionado con  la sexualidad, la relación de pareja y la condición de la mujer, en un país que se caracteriza por una sublimación y sobrevaloración del hombre, conocidas como “machismo”.

Cuando llegué a Cuba, a comienzos del año 1962, la Isla y sus habitantes se encontraban en un estado de renovación entusiasta. A lo largo y ancho del país se observaba una autoconciencia  renaciente, un despertar del letargo, un estado de rebelión. Fidel Castro y “Ché” Guevara, en el mundo entero, eran considerados los ídolos de la joven generación. Los anhelos más caros de la humanidad aguardaban a ser realizados. Alrededor del globo terráqueo se efectuaba la descolonización. También Cuba se estaba liberando de influencias y presiones foráneas.

Vine a Cuba siendo una mujer joven, una estudiante llena de energías y llena de ideales, dispuesta a modificar y a construir. Mis esfuerzos se dedicaban al mejoramiento del destino de la mujer cubana. En este lugar me parece imprescindible presentar algunos datos autobiográficos: en 1976 recibí la encomienda de elaborar un concepto de carácter multidisciplinario para la educación, orientación y terapia sexuales y la planificación familiar. A partir del año 1979 ocupaba el cargo de coordinadora del Grupo Nacional de Educación Sexual que más tarde se convirtió en Centro Nacional de Educación Sexual, en el cual ostentaba el cargo de directora hasta mi salida de Cuba, en noviembre de 1990. En 1985 también fui elegida miembro del Comité Nacional de la Federación de Mujeres Cubanas (FMC) y reelegida en 1990, en  el IV to Congreso Nacional de la FMC. Junto con hombres y mujeres cubanos incansables y comprometidos participé de manera decisiva en la realización del concepto antes mencionado, cuyo objetivo era el mejoramiento sustancial y duradero de la situación de la mujer cubana, partiendo de la realidad objetiva del país, un proceso originario bajo las condiciones específicas de la Revolución cubana.


En un país como Cuba, con su herencia centenaria de valores, mitos, prejuicios y tabúes  anacrónicos y de atraso religioso, con su doble moral estableciendo derechos especiales para el hombre y meramente deberes para la mujer, la realización de este proyecto resulta extremadamente difícil. Sirva la siguiente sinopsis breve sobre los aspectos históricos y socioculturales en torno a la sexualidad a la comprensión de esta cuestión compleja y contradictoria.


¿Cuál es el origen del “machismo”?

Los conquistadores de la Isla en su totalidad eran hombres. Provenían de la España medieval con su iglesia católica y su Inquisición todopoderosa que condenaba toda manifestación  de la sexualidad como algo pecaminoso. En pocos años se exterminó la población aborigen cubana, quedando sustituida por esclavos provenientes de África. Los procesos vitales en su totalidad tuvieron que subordinarse a las costumbres hispanas caracterizadas por la ética y moral católicas con rasgos fuertes de  influencia árabe, de acuerdo con las cuales el hombre es considerado el ser supremo de la creación, el dueño y señor y la mujer su súbdita y servidora.

Los esclavos a su vez, provenientes de diferentes tribus y capas sociales africanas, eran portadores de una ideología originaria de sus círculos culturales africanos, según la cual la posición del hombre se sobrevaloraba igualmente y la importancia de la mujer se determinaba por el número de descendientes masculinos que echaba al mundo. Estos principios tuvieron repercusiones eminentes en la conducta sexual del hombre y la sumisión de la mujer.

Sin embargo, existían diferencias marcadas en lo tocante a los conceptos de los españoles y africanos en torno a la sexualidad y su realización. Para los españoles, sexualidad equivalía a reproducción, que sólo se permitía en el marco del matrimonio. El placer sxual se consideraba un pecado mortal. Empero, para los africanos – tanto para los hombres como para las mujeres -  además de su  función reproductora, a la sexualidad se le atribuía un alto valor como fuente de placer y bienestar. En sus manifestaciones de culto se expresó y sigue expresando aún hoy día, de manera preponderante y determinante, un erotismo desinhibido acentuando los aspectos placenteros, lo cual puede observarse especialmente en sus bailes, su música y en sus gestos. 

La sexualidad de los esclavos africanos, bajo las reglamentaciones y limitaciones impuestas por los esclavistas y debido a las prohibiciones y castigos imperantes, tomó un cauce diferente a como se estaba desarrollando en su patria perdida. La mayor parte de los esclavos estaba condenada al trabajo forzado en las plantaciones de caña de azúcar, donde los alojaban en campamentos bajo condiciones de vida inhumanas. Relaciones de pareja basadas en el respeto mutuo y en la conciencia de la responsabilidad apenas podían desarrollarse. Inevitablemente, la prostitución llegó a adquirir grandes dimensiones.

Igualmente es de suponer que las relaciones homosexuales también adquirieran un mayor auge. En Cuba, éstas encontraban y siguen encontrando aún en la actualidad una valoración especialmente discriminatoria. Se las condena como antinaturales, corruptoras y destructoras de la sociedad.

Así, desde el comienzo, la valoración de la conducta sexual se distinguía por rasgos multifacéticos. Simultáneamente así como mezclados existían y siguen existiendo aún actualmente  en la sociedad como en el individuo, la inhibición, el libertinaje, la superstición, la ignorancia, tolerancia e intolerancia, falta de responsabilidad, pretensiones de posesión y de poder así como el desenfreno y la hipocresía.


¡El placer sexual es una característica del hombre – esta es una ley natural!

Todos los factores antes mencionados constituyen las causas de los conceptos de los hombres respecto a su valoración de la mujer, de la irresponsabilidad y superficialidad que caracterizan las relaciones de pareja asi como del criterio ampliamente difundido entre los hombres sobre “sus derechos” a necesidades sexuales para cuya satisfacción la mujer tiene que estar a la disposición. Para su entorno como para si mismo, el hombre cubano necesita la confirmación de su capacidad de desempeño sexual para poder ser reconocido ante la sociedad como hombre potente y para que no surja ni la más mínima sospecha de ser eventualmente homosexual.

Ya a los varoncitos, desde la temprana infancia, se les condiciona para que en el futuro sepan cumplir cabalmente el papel que les corresponderá desempeñar como hombres, echando raíces fuertes en la psique infantil la sobrevaloración de la hombría.

En toda Cuba - en el campo como en la ciudad, en oriente como en occidente – existe una regla: al presentar a los varoncitos que apenas saben chapurrear sus primeras palabras, se le debe dar importancia especial a enseñar a los visitantes que los “hombrecitos”, aunque todavía muy pequeños, ya han “comprendido” cabalmente para qué servirán sus genitales. La mamá comienza la presentación del pequeño hombre. Enseñándole el dedo índice, le pregunta: “Peptito, ¿qué es esto?”  Pepito responde: “Ededo”.  “Y ¿esto?”, “Amano”. Y ahora mamá apunta con el dedo el pequeño pene, a la vista de todo el mundo (por lo general, los varoncitos no usan pañales, por debajo del ombligo casi siempre andan desnudos, mientras a las niñitas siempre se les coloca un culero o un bloomercito, a menudo incluso se les pone un ajustador minúsculo para “ajustar” algo que todavía no existe) y pregunta: “ Y esto, ¿qué es?”.

Pepito: “Epiiito”. Mamá: “Y ¿para qué sirve?” Pepito: “!Pa-la-cha-cha!”. Con aplausos, risas, comentarios como: “!Es todo un macho!” y “!Cómo sabe este machito!” culmina el show. Pepito es el héroe del día.

Cuando se presenta a las niñitas, la cosa es diferente: como si hubiese recibido un entrenamiento especial, Clarita, agarrándose del corral, pues todavia no se suelta para caminar, menea las caderas al ritmo de la música estridente. Dirige miradas lánguidas a los hombres presentes, les hace guiños e imitando con su boquita un gesto sensual, les tira besitos. Clarita flirtea con los visitantes del sexo masculino. Todos aplauden. Clarita es feliz. Comentario: “!Miren qué satica es!”

La preparación del hombre para el matrimonio por regla general consistía y sigue consistiendo en  realizar prácticas sexuales prematrimoniales, comenzando desde la pubertad. El hombre tiene que acumular experiencas antes de casarse y demostrarle así a su futura esposa  su superioridad en cuestiones de sexualidad, manifestándole fehacientemente su potencia y experiencia. Se sobreentiende que ella llegue al matrimonio siendo virgen.Así sucedían y siguen sucediendo las cosas desde tiempos remotos y a menudo es el padre del muchacho el que lo presiona a actuar. En todo caso este proceder encuentra el consentimiento de los padres. Sin embargo, la masturbación no se aceptaba, se la condenaba seriamente como un sacrilegio que corrompe la personalidad y como actividad que produce enfermedad grave. El muchacho que se masturbaba era y es considerado un débil que nunca será un hombre pleno.

En los tiempos antes de la Revolución era costumbre que el padre – si reunía el dinero requerido – enviaba al hijo a una prostituta especialmente hábil con “principiantes” o le daba en la mano un billete para que fuera a visitar un prostíbulo para aprender allí todo lo que un hombre tiene que hacer con una mujer.

Ahora como antes es un deber, es una necesidad que un muchacho demuestre su hombría, solo que en la actualidad apenas exista varón cubano alguno que tenga que pagar a la muchacha. Las muchachas están a su disposición. Actualmente son pocos los padres que tienen la posibilidad de saber qué hacen o qué dejan de hacer sus hijas, las cuales están estudiando en escuelas-internados o que trabajan o se están formando en instituciones que quedan lejos de la vivienda paterna.

Tradicionalmente, a las muchachas se las vigilaba severamente en casa o – si los recursos alcanzaban – se las educaba en escuelas de monjas. El objetivo principal de la formación de las niñas era capacitarlas para poder atender el hogar, a los niños y ancianos. En el campo era uso casarse o vivir en unión consensual muy temprano. La menarquia (primera menstruación) de la niña era señal de que estaba madura para formar su familia propia. A la muchacha – por supuesto que tenía que ser virgen – se le conseguía un novio y la casaban con él. No pocas veces, la virginidad era un factor condicionante del contrato matrimonial establecido entre el padre de la novia y el novio.

El hombre no tenía que cumplir exigencia alguna en cuanto a fidelidad. Antes y durante el matrimonio se le permitía hacer lo que se le antojaba. Y lo hacía y lo sigue haciendo. Así se consideraba muy “macho” haber “inaugurado” el mayor número posible de mujeres. Todavía en la década de los ochenta, como resultado de amplias encuestas, conocimos que todos los varones a partir de los quince años estaban sexualmente activos. Y estos muchachos aún tan jóvenes nos relataban que habían tenido relaciones sexuales con hasta cinco, quince, incluso en casos aislados con veinte muchachas. Nos aseguraban que esto formaba parte de la condición de hombre. Seguramente el uno que el otro exageró o incluso inventó sus “conquistas”, pero el mero hecho de tener que hacer alardes de tal conducta demuestra la importancia de esta norma de conducta y cuan altamente se le estima. 

Escuchen y asómbrense: más del 70 %  de estos adolescentes sexualmente activos (entre ellos estudiantes de pedagogía !) pretendían casarse con una virgen. Admitían que con un 50% de  población masculina  y el  50 % femenina, esta exigencia matemáticamente vista es un absurdo, que en pleno día con el sol tropical que raja la piedra, con una vela encendida  habría que buscar su virgencita y no la encontraría. No obstante, muchos opinaban que necesitaban una muchacha diferente para cada día de la semana, porque un hombre tiene que acumular experiencias; “la práctica es el criterio de la verdad, este es un principio marxista-leninista”. Al preguntárselo a Pedro, éste opinó que encontraría su virgen con toda certeza, mientras que sus amigos Miguel o Antonio probablemente no tendrían la misma suerte.

Esta “presión de rendimiento” acompaña durante toda la vida a la mayoría de los hombres cubanos. También se cree firmemente que la condición de hombre encuentra su expresión en la práctica sexual  llevada a cabo, de ser posible, todos los  días, ténganse ganas o no para ello. Si este “programa” no puede cumplirse con la propia esposa, entonces “ya siempre” se acostumbraba hacerlo fuera del marco del matrimonio.

Al mismo tiempo que las relaciones sexuales extramatrimoniales del hombre  formaban parte de su dignidad masculina, la misma práctica realizada por la mujer se consideraba un pecado de mayor envergadura y la sociedad entera, incluyendo la mayoría de las mujeres, se lo criticaba, despreciaba, condenaba y castigaba. Le gustara o no, la mujer tenía que estar a la disposición de las necesidades sexuales del hombre. Que también para la mujer la sexualidad pueda significar algo placentero, algo que enriquece su vida emocional, posiblemente lo sabía la minoría de ellas y en caso de que lo sabían, sus deseos no tenían peso.

De la escasa literatura sobre trastornos sexuales y su tratamiento disponible en el país hasta mediados de los setenta puede conocerse que casi exclusivamente se intentaba ayudar a los  hombres con trastornos sexuales. Uno de los psiquiatras más famosos de Cuba que atendía los problemas de impotencia, empleaba para la solución de este trastorno a mujeres entrenadas que fungían como pareja surrogada. Todavía en 1979, en la obra estandard de la psicología clínica que servía de “vademecum”  a los médicos generales para la terapia de problemas psíquicos de sus pacientes, se recomendaba ofrecerles “la regla de oro” a aquellas mujeres “frígidas” que solicitaran ayuda. Esta “regla de oro” consistía en fingir el orgasmo para evitar que el marido se buscase su placer con otras mujeres. El autor de esta obra asevera también que biológica y socialmente condicionado la mujer es un ser pasivo. Es obvio que tales enseñanzas “científicas” obstaculizan el surgimiento de la comprensión de la necesidad del mejoramiento de los problemas de la mujer.    

Un culto a la hombría alimentado de las más diversas fuentes cubre como un manto a la sociedad cubana entera. Los cultos africanos, el catolicismo español con rasgos moro-islámicos han creado una imagen del hombre que ha marcado el modo de vivir cubano en todas sus fases,  especialmente en lo referido a la relación entre el hombre y la mujer y a la sexualidad, no obstante existir un culto a la maternidad totalmente en contradicción con estos conceptos.

En todas las capas de la sociedad, la subvaloración de la mujer, su sumisión y condición de objeto sexual del hombre están presentes, aunque de manera más o menos marcada. Este estado de “objeto de uso” de la mujer cubana ya en tiempos de las “invasiones turísticas” norteamericanas y para miles de marines de los EEUU que se encontraban en La Habana y en Guantánamo constituía lo más atractivo que se les ofrecía en Cuba.

En la actualidad, la situación económica extremadamente difícil y la posibilidad de “ganarse” fácilmente sumas considerables de dólares a través de la prostitución, induce a muchas muchachas cubanas, a menudo aún menores de edad, a ejercer el oficio horizontal. Incluso existen mujeres graduadas universitarias que reciben un pago tan pobre por sus trabajos oficiales que apenas alcanza para alimentar a sus familias y que no vacilan a ofertarse a turistas extranjeros.


Inicios tentativos de emancipación

Para lograr cambios sustanciales en lo referido a la persistente dependencia económica  de la mujer del hombre, a la subordinación y sumisión consecuentes, a su pasividad sexual que se considera “un fenómeno dado por la naturaleza”, se requieren esfuerzos sistemáticos a largo plazo que necesitan el apoyo de los organismos de toma de decisiones del más alto nivel. Pero ante todo es necesaria la participación consciente de la mujer misma en esta lucha por su igualdad. Con su participación en la lucha clandestina así como también en acciones directas en la Sierra Maestra, las mujeres se habían ganado el reconocimiento, el respeto y el prestigio tanto de los dirigentes del Ejército Rebelde como también de la población. En el transcurso de esta participación también se vislumbraba la certeza de que una vez alcanzada la victoria, se abrirían para Cuba las posibilidades hasta entonces nunca conocidas de darle un viraje positivo al destino denigrante de la mujer, albergando, además, la esperanza de que la relación de pareja basada en la igualdad, la confianza y el amor verdadero que había nacido y se había comprobado en la lucha, también se salvaría definitivamente para la esfera privada.

Así, después del triunfo revolucionario en 1959, mujeres extraordinarias pertenecientes a todas las capas de la sociedad, quienes a través de su participación en la lucha de liberación contra la dictadura de Batista se habían ganado el reconocimiento de sus compañeros de lucha y quienes no podían seguir aguantando su posición social despreciada, comenzaron, con entusiasmo, idealismo y racionalismo, a evocar un cambio de la conciencia de las mujeres. Uniéndose en la Federación de Mujeres Cubanas (FMC) que se fundó en agosto de 1960, iniciaban los primeros pasos a tiento que más adelante se hicieron más exigentes.

Todos los intentos de resolver un problema tuvieron como resultado el surgimiento de problemas nuevos y más complejos. La realización práctica del derecho formal de la mujer al trabajo y a la seguridad social, establecido por primera vez, fracasó debido a la dependencia económica casi total de la mujer. Poco a poco se vislumbraba una de las tareas futuras más importantes: la educación sexual. La elevada mortalidad infantil y materna, el elevadísimo número de adolescentes embarazadas obligaban a colocar en el centro de la atención la cuestión de la autodeterminación sexual de la mujer.


La Federación de Mujeres Cubanas conquistó consecuentemente el derecho elemental de la mujer a decidir ella sola sobre tener o no un hijo, sobre cuándo tenerlo y cuántos hijos echar al mundo. Fijar este derecho no sólo en el papel sino convertirlo en realidad practicada requería, como condición indispensable, la colaboración más estrecha entre la FMC y los máximos niveles gubernamentales. Sólo existiendo estas relaciones de trabajo y de coordinación de las más diversas acciones, pudo lograrse su realización práctica. La FMC fue la primera fuerza política que bajo condiciones de prejuicios y de tabúes poderosos y tenaces y de conceptos machistas predominantes tuvo el valor de ofertar a la población – a través de la revista “Mujeres” -  ya en el año 1962, información sobre la reproducción humana y otros temas relacionados con la sexualidad. Había que tener mucha fuerza de voluntad para superar los obstáculos; había que tener una posición convencida de vanguardia para , en aquellos tiempos, osar a exigir derechos que hasta entonces no existían y capacitar a las mujeres a hacer uso de ellos.


¿El aborto es un medio de planificación familiar?

A insistencia de la FMC, el Ministerio de Salud Pública dio su consentimiento para permitir la realización del aborto bajo las mejores condiciones médicas posibles a todas aquellas mujeres que no querían llevar a término un embarazo, siendo el deseo expreso de la mujer el criterio decisivo. El aborto – hasta el momento clandestino – quedó despenalizado aplicándose una interpretación flexible a las disposiciones pertinentes del Código Penal. Así, desde 1965, existe la posibilidad de recurrir al aborto para terminar un embarazo indeseado, intervención que se realiza gratuitamente en instituciones del sistema nacional de salud. A partir de esa fecha disminuyeron ostensible y abruptamente los casos de mortalidad materna por aborto clandestino practicado en condiciones inapropiadas. Lamentablemente se observaba al mismo tiempo en todo el país que el aborto fuera y siga siendo considerado un medio “normal” de planificación familiar. Por esta razón se necesitaba realizar un trabajo educativo amplio y sistemático para lograr que no se considerara el aborto un método de planificar la descendencia – aunque se realizara con las mejores técnicas médicas - sino que se le considerara la última posibilidad para resolver un problema serio y que esta solución implicaba riesgos. 

A la población cubana aún le faltaba una actitud consciente en lo referente a la anticoncepción y  tampoco la adquiriría durante años. No se podía esperar a que el cambio de actitud requerido se produjera espontáneamente, pues demasiado pesaban las repercusiones negativas de la conducta sexual “generosa” a lo largo y ancho del país, especialmente la de los jóvenes.

Un “baby-boom” que alcanzó la cúspide en 1965 significó un reto para el sistema de salud aún en pañales. Mujeres pertenecientes a tres generaciones, es decir, adolescentes, sus madres y abuelas, estaban pariendo al mismo tiempo. Gran parte de los embarazos eran indeseados y no planificados.Con el apoyo propagandístico de la Federación de Mujeres Cubanas, en todo el país se distribuían dispositivos intrauterinos conocidos como “anillos” de nilón. Estos medios anticonceptivos intrauterinos, únicos en el mundo, se confeccionaban a mano con pita de pescar en todos los consultorios de ginecología y obstetricia del país. El bloqueo económico impuesto por los EEUU impedía el acceso a dispositivos existentes en el mercado mundial. El “anillo” de nilón cubano era una copia simple, muy barata,  pero no por ello menos efectiva que su original, el anillo de hilo de plata, confeccionado por el Dr. Gräfenberg en la década de los veinte, el cual, una vez insertado en el útero, protegía contra embarazos de manera asombrosamente efectiva. Durante muchos años, el “anillo” de nilón fue el único medio anticonceptivo en Cuba que pudiera tomarse en serio. Sin embargo, la indicación médica respecto a su uso se desatendía a menudo. Sucedía que a muchas adolescentes que habían recurrido al aborto por haber quedado embarazadas involuntariamente, se les colocaba un “anillo” – como medida profiláctica – para evitar otro embarazo indeseado, sin que se informara a las jóvenes al respecto. Años más tarde, como pacientes de la “Consulta especial para mujeres con dificultades para tener un embarazo”, conocían que no podían tener hijos mientras seguían con el “anillo” puesto. De manera similar se prestaba poca atención a los peligros de una infección asociada al “anillo” de nilón, lo cual, en no pocas ocasiones, tuvo como consecuencia la esterilidad de la mujer en cuestión. A pesar de las repercusiones negativas ocasionales de esta práctica anticonceptiva, es incalculable el beneficio enorme que significó este recurso para la mayoría de las mujeres que hicieron uso de él.

Durante los años siguientes la información “sexual” modesta, pero persistente, publicada por la revista de la Federación de Mujeres Cubanas, abarcaba solamente cuestiones de la salud reproductiva de la mujer. La palabra “sexualidad” (más aún la palabra “condón) se consideraba un insulto verbal. Después de haber publicado un artículo defendiendo el condón y recomendando su uso y después de la proyección de una película de contenido similar, que hice para la televisión, no sólo recibí cantidades incontables de cartas insultantes, en las que se me acusaba de ser inmoral y de enlodar los sentimientos de la población cubana, sino también Cuba entera me otorgó el “título de honor” de la Reina del Condón. Nunca, durante mi estancia en Cuba, logré deshacerme de este título.


¿Sexualidad en la escuela? - ¡Prohibido!  ¡Las hormonas tienen que atenerse a esta prohibición!

La necesidad compulsiva de cambiar las actitudes y la conducta sexuales de los cubanos adquirió una importancia inusitada cuando a partir de 1971 en  toda Cuba se institucionalizó el sistema de la escuela-internado para los adolescentes de 12 a 18 años de edad. Las escuelas-internados en el campo, que parecían brotar de la tierra como la hierba después de un buen aguacero, situadas lejos de la civilización,  las más de las veces en medio de plantaciones de cítricos o de plátano, muy pronto mostraban ser focos de problemas psico-sexuales. El siempre aceptado problema del embarazo en la adolescente, que se consideraba un fenómeno tradicional, con este nuevo sistema adquirió dimensiones inaceptables.

Hay que imaginarse que en una escuela-internado se ubicaban aproximadamente seiscientos varones y muchachas. Cada escuela contaba con una plantación de aproximadamente 500 hectáreas de extensión. Todos los planteles se encontraban lejos de la ciudad más próxima. Las líneas de ferrocarril quedaban distantes. Sólo podía llegarse en guagua a una escuela de este tipo, por un camino que raramente estaba asfaltado. Para miles de menores cuya escuela –internado se encontraba en la Isla de la Juventud,  sólo era posible el acceso por avión o viajando en barco. Los alumnos de la Isla de la Juventud tenían que permanecer en su escuela durante seis semanas para luego poder pasar unos pocos días en la casa paterna.

La vida real de los alumnos becados se desenvolvía en la escuela. Los maestros carecían de capacitación especial necesaria para poder afrontar los problemas complejos que lleva implícita la vida en internado. A los alumnos les habían colocado ante la puerta una gigantesca torta y se les prohibía probarla. El reglamento estaba repleto de prohibiciones. Se encontraban juntos, en un espacio muy reducido, la dinamita y el fuego y se pensaba que esta mezcla no explotaría porque no puede suceder lo que no está permitido. Los alumnos conocían el tenor del reglamento. El pretexto de “yo no sabía que esto está prohibido” no se aceptaba.

En contraposición con el reglamento escolar rígido existía una serie de factores que saboteaban permanentemente los esfuerzos “pedagógicos” de los maestros: el clima benigno de Cuba permite estar a la intemperie durante todo el año. ¿Existe ambiente más estimulante que una plantación de naranjos en flor que con su olor embriagador multiplica los impulsos desencadenados por las hormonas? Ni listas de prohibiciones ni muros podían frenarlos. El juicio quedaba excluido. Nadie pensaba en las posibles consecuencias. El reglamento – no se podía esperar otra cosa – resultaba inútil. Los maestros – la mayoría de ellos contaba con unos pocos años más que sus alumnos – tenían dificultades para encaminar de manera responsable su propia sexualidad. Tenían vigencia para ellos las tradicionales sabidurías machistas. Nunca – ni en casa ni en el centro de formación pedagógica – se les había impartido educación sexual. Sus actitudes y conductas no se diferenciaban apenas  de las de los padres de sus alumnos o de los educandos. Esto quedó demostrado con estudios relevantes realizados al respecto. A esto hay que añadir que los niveles máximos del Ministerio de Educación divulgaban actitudes irracionales extremadamente hostiles a la sexualidad, cuyo objetivo era desterrar de las escuelas-internados cualquier tipo de actividad sexual. “Las escuelas sirven para educar. Aquí la sexualidad no existe; no se le permite”, me dijo indignada la directora de una escuela-internado cuando le pregunté cuáles eran los problemas sexuales más frecuentes de sus alumnos.

A pesar de las amenazas, castigos y restricciones; a pesar de las medidas múltiples que debían mantener la sexualidad lejos de las escuelas-internados, los problemas seguían en aumento. Muchos maestros que debido a su trabajo se encontraban separados de sus propias familias, tenían relaciones sexuales entre ellos y con alumnas o alumnos.

Frecuentemente los varones practicaban su futuro rol de hombre con las muchachas. Éstas, a su vez, se encontraban lejos del ojo vigilante de papá. Muy pronto echaban de lado el temor y la timidez y les daban a sus camaradas del sexo masculino la “demostración de amor” exigida.

Desde 1971 el número de madres adolescentes aumentó de forma alarmante (aproximadamente un cuarto de los niños nacidos anualmente tenían una madre menor de edad); y entre las mujeres que recurrían al aborto para darle fin a un embarazo no deseado, según nuestros datos estadísticos, entre el 30 % y el 40 % de las usuarias eran adolescentes. Para el Ministerio de Educación la solución era fácil: a las muchachas embarazadas se las expulsaba o se les daba la baja de la escuela. Miles de muchachas abandonaban su centro de formación teniendo que dedicarse a cumplir deberes maternos sin reunir la requerida madurez para ello. Se culpaba a los padres de esta situación aunque éstos no podían ejercer influencia alguna sobre la vida en internado. Es significativo que aquellos que causaron los embarazos – trátese de alumnos o de adultos – no tuvieron que temer consecuencias posteriores.

Fue el Ministerio de Salud Pública el que tuvo que enfrentarse con medidas efectivas a las repercusiones negativas del libertinaje que se había desencadenado en todo el país (los jóvenes preferían el eufemismo de “amor libre”): embarazos y maternidad involuntarios, abortos provocados, aumento de las enfermedades de transmisión sexual, entre otros. Estas medidas tenían como objetivo restablecer la salud de los afectados. A una muchachita embarazada o a un muchacho enfermo de blenorragia no se le podía echar a la calle. Los índices de mortalidad infantil y materna constituían los medidores de primer orden de los éxitos o deficiencias del Ministerio de Salud Pública. De allí que resulte lógico que el MINSAP tuviera que ofertar, de inmediato, soluciones practicables, aunque en su seno también existiesen prejuicios y concecptos machistas muy arraigados.


La Educación Sexual va en serio

En el II Congreso Nacional de la FMC, celebrado en 1974, por primera vez en Cuba se aprobaron resoluciones sobre la educación sexual, determinándose que ésta debe realizarse sistemáticamente y a largo plazo. A los organismos responsables de la educación y al sistema de salud se les dio la responabilidad de llevar a hechos el programa decidido. Las resoluciones, una vez aprobadas, tienen que cumplirse obligatoriamente. En el I  Congreso del Partido Comunista de Cuba (PCC) así como en el siguiente III  Congreso de la FMC y  en el II  Congreso del PCC (ambos celebrados en 1980), dichos acuerdos fueron completados, ajustados a la situación actualizada e igualmente aprobados como programas de realización obligatoria. Para darles cumplimiento a estas exigencias se formó un equipo de especialistas – científicos destacados de los campos de la medicina, sociología, psicología y pedagogía – que recibió el encargo de elaborar programas docentes y la literatura especializada correspondiente; de realizar investigaciones, preparar y encaminar las actividades de orientación y terapia sexuales en todo el país y el trabajo de apoyo con los medios masivos de difusión. Al principio, estas actividades se realizaban bajo la dirección de la Presidenta de la FMC y coordinadas por mí. Más tarde a este grupo de trabajo multidisciplinario se le otorgó el status de Centro Nacional de Educación Sexual. Yo fui nombrada su directora. El Centro estableció y mantuvo relaciones de trabajo muy estrechas y relevantes con los ministerios de Salud Pública, Educación, Cultura, Justicia, con las organizaciones infantiles y juveniles y, naturalmente, con la FMC. 

Comenzamos capacitando un pie de cría, un núcleo de expertos provenientes de diferentes ramas especializadas, que debían, más adelante, asumir el papel de multiplicadores, contratando para ello a sexólogos extranjeros financiados por la Organización Mundial de la Salud (WHO) y el Fondo de Naciones Unidas para Actividades en Población (UNFPA). Los especialistas capacitados a través de cursos intensivos, a su vez, llevaban a cabo la capacitación de los especialistas requeridos en todo el país, de manera que en un tiempo relativamente breve en todas las provincias de Cuba, con el apoyo permanente del Centro Nacional de Educación Sexual, pudieron crearse consultas de orientación y terapia sexuales, siguiendo en el trabajo criterios unánimes. En seminarios realizados regularmente se debatía e informaba sobre los éxitos y fracasos, sobre los diversos métodos terapéuticos, sobre las situaciones específicas de las provincias así como también sobre los últimos conocimientos a nivel internacional en materia de sexología. Se había establecido un proceso permanente de retro-alimentación.

La elaboración de literatura especializada y científico-popular para todos los grupos de edad de la población significó un reto de gran envergadura. Los médicos y psicólogos contaban hasta ese momento, para fines de consulta e información, con “The human sexual response” (“La respuesta sexual humana”), de W. Masters y V. Johnson, declarada entonces la obra estandard de la sexología en el hemisferio occidental y que se encontraba en todas las bibliotecas de las facultades de medicina  del país. No se le daba mucho uso, porque no es un libro “fácil” de leer. En algunas bibliotecas especializadas podía encontrarse el “Kinsey-Report (“Informe de Kinsey”). En algunas pocas familias la traducción al español de la “Biblia” de la educación sexual, el libro “El matrimonio perfecto” escrito por el holandés Van de Velde en la década de los treinta, se guardaba como un tesoro. Con estos pocos títulos se agotó el acervo de literatura especializada y científico-popular sobre sexualidad que se hallaba en Cuba. Las librerías no ofertaban al público absolutamente nada sobre temas sexuales.

Las editoras cubanas, dependencias del Ministerio de Cultura, nos abrieron todas sus puertas cuando les propusimos textos actualizados para su publicación, cuidadosamente seleccionados trás búsqueda laboriosa y minuciosa (literatura especializada así como libros científico-populares para adultos, adolescentes y para niños). Antes de llegar al taller de impresión los textos tuvieron que vencer varios abstáculos de censura. A “comisiones de expertos”, compuestas por representantes de los sectores de educación, medicina, psicología, sociología, cultura, del Partido y de la FMC, a menudo desconocedores de estas cuestiones o incluso enemigos acérrimos, se les encargaba que analizaran los contenidos para determinar si éstos correspondían al nivel científico más actualizado y a los principios éticos y morales de la sociedad cubana. Los textos originales, a veces, sufrieron tantas modificaciones que nos resultó penoso colocar en los libros los nombres de los autores sin tener remordimientos de conciencia.

Especialmente difícil era el debate sobre la homosexualidad. A las exigencias de los autores y de la vanguardia en Cuba de poner fin a la criminalización y a la discriminación homosexual, llegando incluso a la exigencia del reconocimiento de la igualdad de los homosexuales, los “expertos” cubanos reaccionaban con protestas enérgicas, con resistencia y rechazo. En fin de cuentas mantenía plena vigencia una resolución aprobada en 1971, en el I er Congreso de Educación y Cultura, de acuerdo con la cual a los homosexuales se les consideraba gente blanda en quienes no se podía confiar, antisociales, a quienes había que negarles el acceso a la militancia en el Partido, a la universidad y a cargos de dirección. Esta resolución – con carácter de ley – se aplicaba rigurosamente en todo el país, hasta finales de la década de los ochenta. Con gran esmero se realizaban las pesquisas de homosexuales que confesaban serlo como también de aquellos de los que se sospechaba que lo fueran para expulsarlos de las filas de la Juventud o del Partido y de las universidades. Y ahora, de repente, ¿todo esto ya no tenía vigencia? ¿Sólo porque algunos sexólogos defendían conceptos modernos, generosos y liberales? ¡No, señores, no se les debía hacer caso, no se podía tomar en serio sus discursos sobre dignidad humana y derechos humanos para los homosexuales!

Aquellos que habían propuesto los textos esclarecedores tuvieron que aceptar ciertas condiciones y cambios. Aún así y por encima de todas las objeciones, el primer libro de la nueva serie de publicaciones sobre sexualidad,”El hombre y la mujer en la intimidad”, pudo imprimirse completo, casi sin alteraciones, ya que desafiando las numerosas prohibiciones, obviamos la mayor parte de las tachaduras y cambios impuestos.

El libro se repartió a médicos, psicólogos, sociólogos y pedagogos, previa entrega de un bono especial que autorizaba a los expertos a adquirir la obra. Este sistema de venta restringida se hizo necesario, pues los 50.000 ejemplares de la primera edición eran como la gota de agua con la que se quiere apagar un incendio. La cantidad existente no satisfacía la demanda enorme. Durante los trabajos de impresión y encuadernación repetidas veces desaparecían los pliegos y cientos de ejemplares, todavía húmedos, acabados de salir de la imprenta, se vendían en el mercado negro. Una verdadera ola de protesta de parte de aquellos que no habían podido recibir el bono requerido para comprar el libro obligó a proceder a una nueva edición, esta vez de 100.000 ejemplares. El éxito que tuvo este libro fue tan impresionante que una edición posterior, actualizada y revisada, se imprimió sin restricción alguna. El tema de la “sexualidad” estaba admitido en la corte.

En el país entero se discutía sobre sexualidad. Los medios – incluso “Granma”, el órgano oficial del PCC – se ocupaban del tema. Apoyaban activamente la educación sexual en toda Cuba las revistas “Mujeres”, “Somos jóvenes”, “Bohemia”, “Muchacha” así como la radio y la televisión, recibiendo permanentemente información y orientación del Centro Nacional de Educación Sexual y estableciéndose un intercambio de opiniones y criterios fructífero. Las revistas “Somos jóvenes” y “Muchacha” incluso publicaron – por capítulos – el libro “¿Piensas ya en el amor?”, del cual se imprimieron 100.000 ejemplares que desaperecieron de las librerías en un abrir y cerrar de ojos. Otros libros para niños y padres y para niños preescolares redondearon la lista de nuevas ediciones sobre la sexualidad. De este modo en Cuba se creó la literatura básica sobre la sexualidad para toda la población, cuyo valor como fuente de información es incalculable. A finales de la década de los ochenta se le añadieron algunos títulos de literatura científica muy útil para médicos, psicólogos, sociólogos y pedagogos. Afortunadamente estos libros no tuvieron que pasar por ningún proceso de “adaptación”. Se imprimieron fiel al original, manteniendo inalterados su contenido e ilustraciones.

Los programas de formación y capacitación de los sectores de educación, medicina y psicología se reformaron sustancialmente. El Centro Nacional de Educación Sexual estaba en la obligación de elaborar programas docentes y de capacitar a los multiplicadores requeridos, de asesorar a los que acababan de empezar su nueva tarea, de organizar permanentemente en todo el país cursos de capacitación actualizados y de propiciar el intercambio constante de experiencias. En las facultades de medicina, psicología y pedagogía, en los institutos de docencia médica media e incluso en la escuela de cuadros de la FMC, la asignatura “Sexualidad” o “Educación sexual” formó parte integral de los programas docentes obligatorios.

Finalmente había llegado el momento de poder realizar investigaciones relevantes en todo el país sobre conocimientos, actitudes y conductas sexuales de niños, jóvenes, adultos y de futuros médicos de familia. Así mismo se llevaron a cabo investigaciones entre las que sobresalen aquellas que tratan de los problemas del embarazo en la adolescente. Los resultados confirmaron nuestras experiencias acumuladas provenientes de estudios empíricos y del trabajo cotidiano, o sea, el poder de las tradiciones, de las costumbres y actitudes machistas existentes en todas las capas de la población, incluso en los niveles máximos de la dirección política del país.

Siempre de nuevo encontramos la confirmación de que para los varones el desempeño sexual constituye un deber para demostrar que su condición de hombres, apenas haya comenzado a “despertar”, se encamine correctamente, es decir, de modo heterosexual. El papel como educadores sexuales desempeñado por padres o maestros se limitaba a exigir, de manera  realmente obsesiva y lo antes posible, la demostración de la hombría, sin considerar el peligro que tal conducta lleva implícito de causar embarazos no deseados o de contagiarse con enfermedades de transmisión sexual, ni hablar de los posibles traumas psíquicos que podría sufrir un muchacho cuando se le empuja a hacer algo para lo cual aún no está maduro o algo que todavía él no necesita.

La presión del grupo, de la pandilla, del “colectivo” ocupa un lugar destacado en la escala de valores, imponiéndose patrones de conducta tradicionales como hilo conductor de la conducta masculina, a los cuales ellos tratan de corresponder. También las muchachas sucumbían ante la presión del grupo, cimentando su conducta con comentarios tales como: “Yo no soy monja” o “Ya no soy una niña” y “Todas lo están haciendo, yo no puedo quedarme fuera”. Hacían alardes con historias amorosas verdaderas o inventadas. También conocimos en entrevistas a cuatro ojos que muchachas reservadas y tímidas habían inventado aventuras amorosas para ser  respetadas en el grupo y para no quedar expuestas a las burlas de los demás por ser mojigatas.

En conversaciones individuales la mayoría de los varones alardeaban de que necesitaban muchas muchachas, que – de ser posible – les hacía falta tener una diferente para cada día de la semana para acumular experiencias para “brillar” cuando llegue la hora de la verdad: el matrimonio. “Las muchachas” – esto se sobreentiende – “tienen que estar nuevas, envueltas en papel de regalo como cuando compras zapatos – que tienen que ser nuevos. A nadie se le ocurre comprar zapatos viejos”, me dijo un muchacho de 15 años de edad ante sus compañeros de curso coetáneos, los cuales apoyaban su posición sin reserva. “Estos muchachos verdes hablan sobre las mujeres como si éstas fueran bicicletas”, opinó otro. Y yo ya me había hecho la idea de que al fin escucharía un criterio positivo, cuando este mismo muchacho continuó diciendo: “No, para mí, una virgen es como un auto nuevo”, - quiere decir -  ¡también para él, la mujer no es más que un objeto de uso!

Para las muchachas quedaba claro que los hombres tienen determinadas necesidades sexuales muy fuertes y que las muchachas tienen que estar a la disposición de los hombres para satisfacer estas necesidades, al igual que las muchachas nacían para cumplir todas las tareas domésticas y atender y cuidar al marido, a los niños, enfermos y ancianos de la familia. Consideraban este estado una injusticia, pero al mismo tiempo expresaban que no tenía sentido oponerse al destino impuesto por la naturaleza, de haber nacido mujer.

“Los varones se enferman si no se quitan esta presión sexual de encima. Lo necesitan y la muchacha que lo ama le debe la prueba de amor que él exige” – así la opinión unánime de alumnas encuestadas. Tanto los adolescentes como también los estudiantes universitarios masculinos encuestados defendían sus aspiraciones de tener derecho a poseer una virgen al mismo tiempo que se creían autorizados a realizar su “entrenamiento” sexual.


Una investigación realizada con médicos de familia, en proceso de formación de su especialidad, dio como resultado actitudes machistas muy similares a las de los alumnos de nivel secundario y pre-universitario y a las de los estudiantes universitarios. Agrava estos resultados el hecho de que como médicos, la mayoría de ellos osa desempeñarse como orientadores sexuales, siendo sus conocimientos sobre sexualidad tan escasos y plagados de prejuicios que es de suponer que su orientación sexual significaría más daño que beneficio para sus pacientes. Para mí resultó sumamente preocupante que los médicos encuestados apenas hacían uso para fines profesionales de la literatura especializada ya existente, defendiendo como ciencia declarada su ignorancia ostensible y sus prejuicios. Esto se manifestó de manera especialmente impresionante al tratar el tema “homosexualidad”, cuando médicos graduados rechazaban rotundamente prestarles oídos a argumentos actualizados y científicamente fundamentados, negándose luego a participar en el debate. Aquí se confirmó la expresión que hiciera Jean Paul Sartres (según fuentes fidedignas) - cuando espantado de la discriminación homosexual exaltada en Cuba - opinó: “...lo que para los nazis el judío, para los cubanos es el homosexual...”

La presión interna y también externa hicieron que las instancias superiores cubanas orientaran, a finales de los ochenta, iniciar la revisión de la política agresiva en relación con la problemática homosexual.

A partir de la mitad de los ochenta la problemática cada vez más relevante del SIDA cobró importancia especial, dándole los niveles políticos máximos prioridad a la atención de los problemas inherentes al SIDA. Todos los cubanos que regresaban de un viaje del extranjero tenían que someterse a la prueba diagnóstica del SIDA. En el caso de tener resultado positivo  las personas en cuestión se internaban – sin excepción – en sanatorios especialmente instalados para estos casos. Ellos quedaban excentos del área de influencia de la orientación y terapia sexuales generales; como quien dice, pertenecían al área de “asuntos estrictamente secretos”.


Mirada al futuro: Los obstáculos otra vez van en aumento

La sexualidad como fuente de bienestar físico y  psíquico en  condiciones de amor mutuo y de  respeto de la pareja, excluyendo cualquier tipo de discriminación y de coerción - este era el objetivo al que la sociedad le dedicaba esfuerzos ingentes. Debían contribuir a su realización 

el nuevo Código de Familia (1976) y las más diversas medidas especiales seguidas de resoluciones políticas de relevancia, pero especialmente la formación del Centro Nacional de Educación Sexual. No se trataba de campañas limitadas ni en lo referente al tiempo de su duración ni al volumen de su contenido, sino se trataba de programas de educación permanentes y sistemáticos para todo el país. Un programa de esta envergadura, probablemente único en América Latina, requiere recursos incalculables. Por su carácter extraordinario encontró el apoyo de organizaciones internacionales y se propagó como programa ejemplar en países del “tercer mundo”. Sin embargo, la persistencia del machismo agravada por la miseria económica que continúa creciendo insosteniblemente, hicieron prácticamente imposible el trabajo sistemático y efectivo. Los cambios positivos observados, seguramente no son más que “rasguños en la cáscara”. Modificar fundamentalmente las actitudes y las conductas no sólo requiere mucho tiempo, fuerza y voluntad sino también – y sobre todo -  requiere dinero, cantidades terriblemente grandes de dinero. Donaciones y ayuda esporádica recibidas para llevar adelante esta empresa constituyen nada más que la famosa “gotica de agua que debe enfriar la piedra caliente”.

Seguramente Cuba necesitará aún mucho tiempo; seguramente tendrán que crecer varias generaciones antes de que se logren la igualdad de los géneros y la conciencia de la responsabilidad que deben formar la base de la sexualidad sana para todos. El comienzo está hecho. ¡Esperemos que la obra continúe!


(Este ensayo se basa en un manuscrito aún no publicado titulado: “?Machismo? – No, gracias”, sub-título: “Cuba: Sexualidad en revolución”)

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Dra. Monika Krause-Fuchs, ex-directora del Centro Nacional de Educación Sexual, ex-profesora del Instituto Superior de Ciencias Médicas en La Habana, Cuba

Jahrbuch Lateinamerika. Analysen und Berichte. Band 24. Geschlecht und Macht. 2000, S. 106-120 (Anuario de América Latina. Análisis e informaciones. Tomo No. 24. Género y Poder. 2000,  pag. 106-120)