La Vilma que yo conocí
Monika Krause-Fuchs, Glücksburg, Alemania, Enero 2007

A comienzos de 1962 llegué a Cuba ; la Isla y sus habitantes se encontraban en una atmósfera entusiasta de renovación. En todo el país se percibía un despertar del letargo, una rebeldía.

Vine a Cuba siendo una joven estudiante llena de energías, llena de ideales, dispuesta a cambiar, a construir, a entregar todas mis fuerzas a la obra de la Revolución.

Quise terminar mis estudios lo antes posible para poder dedicarme de lleno al trabajo de apoyo a la Revolución. En la Facultad de Humanidades de la Universidad de La Habana se estaba realizando una reestructuración a fondo, por lo que me ví impedida a reanudar mis estudios durante unos años. Para aprovechar mi tiempo en algo útil trabajé de intérprete y traductora en la oficina comercial de la entonces República Democrática Alemana. En esta oficina me dieron la invitación para participar en el acto de clausura del 1er Congreso Nacional de la Federación de Mujeres Cubanas (FMC). Allí vi a Vilma, Presidenta de la FMC, por primera vez. Era una mujer joven que me impresionó muy agradablemente. Su discurso de clausura causó en mi un efecto perdurable.

Naturalmente, en esa ocasion no pude imaginarme ni remotamente que años más tarde estaría trabajando bajo su batuta.

En 1970, después de haber terminado finalmente mis estudios universitarios y poco después de haber comenzado a trabajar en el ICAP, donde realizaba trabajos totalmente inútiles, cometí mi primer acto de rebeldía en Cuba: renuncié, cuando el deber de todo revolucionario era mantenerse en el puesto de trabajo que la Revolución le había designado.

No tuve que pasar mucho tiempo en casa, pues de pura casualidad – como muchas veces en mi vida – me encontré con Vilma, ella me encontró a mi. Vilma necesitaba a una traductora e intérprete y me dio el empleo en la FMC.

De allí en adelante nos encontrábamos frecuentemente. Desde el inicio tuve la impresión de que con Vilma el trabajo sería interesante, estimulante, que entre nosotras habría armonía y que ella era una mujer extraordinaria. Una mujer con ideales y visiones, con una fuerza de convicción tremenda, que se dedicaba con todas sus energías a lograr un cambio total en la situación de la mujer cubana.

Poco a poco, Vilma sentía la necesidad de que la superación de los problemas relacionados con la salud reproductiva precaria de la mujer, de los rezagos del machismo, del poder dañino de las tradiciones anacrónicas tendría que encauzarse de forma mucho más concreta, que hacía falta concebir un programa nacional de educación sexual en el sentido más amplio de este concepto, que cubriera los aspectos de educación, orientación y terapia sexuales, así como la planificación de la familia.

Al institucionalizar este programa nacional, Vilma determinó las pautas correspondientes y depositó en mi la responsabilidad de encaminar y poner en práctica concretamente el programa nacional de educación sexual.

Trabajar junto con Vilma y bajo su dirección me produjo mucha satisfacción. Vilma constituyó para mi desarrollo y para mi vida al igual que para Cuba un caso de suerte.

Yo era consciente de que el poder de Vilma no sólo se debía a la presidencia de la FMC y por ser miembro del Buró Político del Partido Comunista, sino también por ser miembro de la familia de los Castro. Su respaldo a mi trabajo fue esencial, pues en todas partes, en todas direcciones encontraba resistencias. Me vi ante la tarea de romper un tabú, de cambiar posiciones de poder entre los géneros, de lograr que el tema de la sexualidad en el sentido más amplio se aceptara en toda la sociedad. El gran respeto que ella gozaba me ayudó indirectamente a lograr resultados que nunca hubiese podido alcanzar bajo la dirección de otra persona.

Esto no significa ni mucho menos que todo se desarrollaba sin contradicciones, sin problemas. Más de una vez Vilma me mandó a rendir cuentas cuando conoció que yo había trasgredido los lineamientos conocidos, sus orientaciones precisas, cuando había actuado en contra de su voluntad. Trátese de estadísticas que no debían darse a conocer, trátese de mi programa de radio que llevé al público en vivo y directo, habiendo recibido la orden de realizarlo previa elaboración de un texto escrito, trátese de textos que mandé a imprimir, cuyo contenido ella había vetado, por mencionar algunos.

A veces, sus reproches y regaños eran fuertes. Yo estaba segura que no se trataba de discrepancias en lo que al contenido se refiere, sino que se trataba de que mi proceder era políticamente inoportuno o inaceptable.

Las circunstancias vitales caracterizadas por la escasez, la renuncia y la pobreza en aumento tuvieron una repercusión nefasta en nuestro programa ambicioso que comenzáramos con tanto entusiasmo, con tanto derroche de energías. En su lucha cotidiana por subsistir, en sus intentos por mantener – aunque fuera un mínimo – de su dignidad, contra viento y marea, contra adversidades y calamidades, las mujeres y los hombres cubanos tuvieron otras cosas en la cabeza que la educación sexual. Sus iniciativas y sus energías se gastaban en la lucha por superar los problemas existenciales más elementales que les deparaba cada día.

A finales de 1990 abandoné Cuba junto con mis hijos para regresar definitivamente a Alemania. Las condiciones harto conocidas en Cuba no me permitieron otra salida que
la fuga. Todas las circunstancias alrededor de mi salida de Cuba fueron ilegales; frente a Vilma cometí una falta de lealtad, la primera y la última.

En Cuba dejé un equipo de profesionales joven, bien formado, muy interesado en el trabajo, enamorado de su labor. Mi presencia al frente del Centro Nacional de Educación Sexual ya no era necesaria.